El poder del amor

 

Era casi la una de la madrugada del 15 de abril de 1912. En la cubierta del Titanic, que se hundía, quedaban ya muy pocos botes salvavidas. Los oficiales podían contener a duras penas el deseo de los hombres de embarcarse en los botes para salvar sus vidas.

Cuando el matrimonio Strauss fue a embarcarse en el bote salvavidas que le correspondía, el oficial de guardia le impidió el paso a Isidor Strauss, ya que solo podía permitir embarcarse en el bote salvavidas a las mujeres y a los niños.

Ida Strauss, su esposa, ya se encontraba en el bote, y varios hombres que contemplaban la escena rogaron al oficial Lightoller que dejase subir al bote a Isidor Strauss, tal vez el hombre de más edad que viajaba en el Titanic --tenía 67 años--, pero el oficial se negó. Entonces Ida Strauss, desde el bote salvavidas, saltó a la cubierta del Titanic mientras le decía a su esposo: "Hemos vivido juntos durante 35 años, y juntos moriremos".

Todos quedaron admirados del valor de Ida Strauss, pero el oficial Lightoller no se compadeció y el bote salvavidas fue arriado sin ellos a bordo. Una vez juntos en la cubierta del Titanic los Strauss se dirigieron a la cubierta principal muy cerca del lugar donde aún tocaba la orquesta. Se sentaron en dos hamacas y rogaron a un tripulante --el panadero jefe del barco-- que les atase los pies con una de las mantas porque querían morir juntos. Así lo hizo, se cogieron de la mano y juntos murieron. *

 

 

El amor

 Se hundió el Titanic una noche oscura 

en mar sereno como algún charquito,

alzó el magnate su cobarde grito,

se ahogaba el pobre con su desventura.

En ese cuadro de sin par locura

Madame Strauss desde un botecito

posó su vista sobre un hombrecito

allá en el puente y entre la negrura.

Entonces recordó su trayectoria,

hojeó su vida y repasó su historia

con aquel hombre y lo sintió sagrado,

y con el pecho del amor prendido

Madame Strauss saludó al marido,

volvió al Titanic y se ahogó a su lado.

                                                                        Alfredo Campechano 

 

 

Gloriosa historia de amor. Digna de ser contada e imitada.

Es que el amor es el gran motivador del bien. Proviene de Dios y por ello es insondable, indestructible y eterno. Genera vida y estimula el pensamiento solidario con el desvalido y el vejado.

 

El amor estuvo entre nosotros personificado en Jesucristo. Jesucristo hizo el bien sin prostituirlo, es decir, sin cobrar. Fue ejecutado a causa de la inquina de sus enemigos religiosos. Lo odiaron con el fervor de la envidia. Pero aun entonces se mantuvo congruente con su mensaje: "Amaos los unos a los otros". Sus postreras palabras en favor del hombre fueron una plegaria en bien de sus ejecutores.

Procuremos acercarnos a Cristo y recibamos de su amor.

 

*http://www.granadaenlared.com/noticias/0708/27174511.htm

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